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27-12-2018 / Identidad entrerriana

Octavio Osuna, un profeta en su tierra

 El reconocido cantante y guitarrista falleció a los 80 años en Victoria, dejando un gran legado para la cultura. En diálogo con Mirador Entre Ríos, diversos referentes de la música como Antonio Tarrago Ros, Raúl Barboza y Marcos Pereyra expresaron sus recuerdos con el artista victoriense.

José Prinsich
redaccion-er@miradorprovincial.com

Las campanas de la iglesia suenan en la ciudad de las Siete Colinas y de fondo, haciéndose eco por las calles céntricas, un bandoneón y una guitarra comienzan a desplegar todos sus acordes. Sentados en el banco de la plaza principal, Marcos Pereyra y Franco Giaquinto aguardan la llegada de Don Octavio Osuna, quien paulatinamente se acerca al lugar para cantarle a su querida Victoria. Lo que parecía un simple vals a la tierra de sus amores terminó siendo el presagio más poético para el cantautor entrerriano.

“Victoria, mi ciudad, en tus altos cerros están los recuerdos de mi edad feliz. Fortuna en el tiempo, romántico nido, a mi Dios le pido morir allí”, cantaba Octavio a viva voz, acompañado por los dos jóvenes ante la atenta mirada de los vecinos que merodeaban la zona.
 
La partida del reconocido guitarrista y compositor el pasado 9 de diciembre se hizo sentir en todo el ambiente. Una ciudad entera se vio conmovida por la triste noticia del paso a la inmortalidad de Don Octavio, que fue velado en el salón del Honorable Concejo Deliberante de Victoria. Allí se hicieron presentes amigos, referentes de la música y la cultura a nivel local y provincial, vecinos y familiares, entre los que se destacaron sus cuatro hijos: Juan, Esteban, Micaela y Santiago, quienes viven actualmente en Buenos Aires.

Sin lugar a dudas, uno de los momentos más importantes de la jornada fue el ingreso de la Banda Municipal “Sebastián Ingrao” que, al sonido de bombos y trompetas, entonó el vals “Victoria, mi ciudad”, considerado el himno oficial de la localidad.

En relación al cantautor, el maestro de ceremonias Pablo Markocich expresó que “ha dejado una marca registrada que es indeleble. Son de esas referencias que están grabadas a fuego y que definitivamente se han transformado en esos hombres necesarios porque nos enseñaron de dónde venimos, marcando el camino a seguir. Como dicen ‘Los del Gualeyan', Octavio era de esas personas que se van sin haber partido”.

El conductor del programa televisivo Entre Dos Ríos manifestó que “ha sido una luz encendida para cada uno de nosotros porque hemos compartido momentos que serán imborrables. Era una persona inigualable, generoso y quizás hoy no llegamos a dimensionar al lado de quien estuvimos”.

Toda una trayectoria
Octavio Iván Osuna nació el 12 de junio de 1938 en Victoria, siendo el menor de diez hermanos: tres mujeres y siete varones. Desde pequeño sintió afición por la música inculcada en parte por su madre Mercedes, quien sabía tocar el piano y la guitarra. Su primera presentación frente al público fue en la Escuela Rivarola donde interpretó “La Vaca Lechera”, luego vinieron las canciones en reuniones familiares junto con Cocho Benítez, con quien en pleno carnaval se transformaban en mascaritas y llenaban sus guitarras de monedas.

Los escenarios se incorporaron rápidamente a la vida de este joven, que solamente quería cantar. Las repercusiones se hicieron sentir en su tierra natal. Con tal solo 17 años, a principios de los '50, se mudó junto a su familia a Buenos Aires para buscar nuevos horizontes. Al poco tiempo de llegar, probó suerte en las inferiores del Club Atlético River Plate, pero el amor y la pasión por la música fueron mucho más fuerte, llegando a conformar grupos como “Los Arrieros Cantores” y “El Trío Azul”.

La música corría por la sangre de los Osuna, si bien todos los hermanos de Octavio cantaban, tanto él como Osvaldo Ribó (Andrés Bartolomé Osuna) fueron los que se destacaron profesionalmente. El destino llevó al victoriense no sólo a diversos escenarios sino también medios de comunicación como Radio Nacional, donde se hizo dueño de los espacios centrales de la programación. Además, se consolidó como dupla de Enrique Espinosa y, años más tarde, con Edmundo Zaldivar, autor del carnavalito.

En 1980 se incorpora al trío de Antonio Tarrago Ros, con quien estuvo seis años compartiendo diversas experiencias musicales como la grabación de discos emblemáticos de la carrera del correntino: “Chamamecero”, “Tarragoseando” y “Pueblero de allá ité” para el sello “Philips”. En estos registros Octavio puso su prodigiosa voz en inolvidables interpretaciones de obras como “Camino del arenal”, “Pueblero de allá ité”, “Sinecio el barrilero”, “Flor de Chajarí” y “Romance pueblero”, entre otras.

“Era muy querido Octavio en Victoria. Nunca le escuché una palabrota o mentir. Son de esos tipos que no deberían morirse nunca”, expresó Antonio Tarrago Ros en diálogo con Mirador Entre Ríos. En la mente del reconocido bandoneonista todavía resuena la frase que un mozo pronunció en la ciudad de las Siete Colinas: “El que no conoce a Osuna no es entrerriano”.

Luego, en 1985, el entrerriano se incorpora al equipo de otro referente del chamamé, Raúl Barboza, con quien tiene la posibilidad no sólo de grabar importantes discos sino también de viajar por el mundo. Japón, Canadá, Venezuela y Colombia, Francia fueron algunos de los países visitados. 

Desde París, el destacado acordeonista de música litoraleña sostuvo a este semanario que Octavio Osuna: “Fue una persona honesta, agradable, simpática y sincera. Era un enorme cantor y un muy buen guitarrista. Tengo los mejores recuerdos para contar. Cuando me dieron la noticia de que él había partido definitivamente sentí una enorme tristeza”. 

Como músico e intérprete, Octavio ha sido reconocido a nivel provincial y nacional por su extensa trayectoria y aporte a la cultura. Entre las distinciones más importantes se destacan la entregada por la Cámara de Diputados de la provincia, en agosto de este año, y por el Senado de la Nación en 2014. 

Volver al pago
El compositor entrerriano pasó cerca de cinco décadas fuera de su ciudad hasta que retornó a la tierra de sus amores como dice la canción: “Que lindo es volver al pago por más que se haya sufrido y ver que están como entonces las casas, las calles y el río. Nunca te pude olvidar ni pude olvidarte nunca. En ninguna parte pude ni quise olvidar mi pueblo, antes de saberme ingrato prefiero que me sepan muerto”.

Marcos Pereyra, el alma gemela de Octavio Osuna y cómplice de grandes actuaciones, fue uno de los encargados de este gran regreso. La relación entre ambos comenzó cuando Pereyra tenía tan sólo 10 años. Fue en la Sociedad Rural donde se vieron por primera vez. “Me gustaba mucho su voz porque me producía algo especial. No me lo imaginaba distinto a como lo conocí. Comenzó a forjarse un vínculo muy lindo, ya que compartimos gustos musicales”, recordó. 

En el 2010 conformaron un trío musical en el que también estaba presente Franco Giaquinto en el bandoneón. “Fueron años de muchos momentos agradables, conocimos mucha gente y anduvimos muchísimo en pocos años. Octavio vivió una vida muy linda y los últimos años fueron de pleno reconocimientos. Aunque el premio más grande era que la gente lo saludaba con una alegría todas las mañanas”, señaló Marcos y agregó: “Nunca se creyó lo que realmente generaba. Tenía mucha humildad y una pasión por cantar. Gastó toda su garganta cantando”. 

“Es una continua enciclopedia”, metaforizó el entrerriano sobre el recordado Osuna, a quien lo visitaba a diario. “Al principio, todo era un gran compromiso ya que estaba todo el tiempo tratando de no faltarle el respeto, demostrando confianza y aprendiendo de él”, culminó Pereyra. La última presentación antes de partir, y que será una marca grabada a fuego para quienes pudieron disfrutarlo, fue el 4 de marzo de este año en la Plaza de Victoria.


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