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06-11-2018 / Una gran persona, viva en la memoria del pueblo

San Eduardo: un consultorio sigue recordando al médico Octavio Arturo Batista

El pueblo no solo vive del presente, ese que en poco tiempo espera transformar la realidad gracias a un acceso pavimentado. O del futuro con las casas donde las cañerías lleven el gas licuado de propano. También se aferran al pasado, para no olvidar de dónde vienen.


Pablo Rodríguez
redaccion@miradorprovincial.com


Desde hace 27 años, la casa que supo ser el lugar donde atendía el doctor del pueblo, quedó literalmente “congelada” en el tiempo. Y es que así lo quisieron los familiares directos de Octavio Arturo Batista, en la pequeña localidad de San Eduardo, en el departamento General López.

El consultorio y la sala de espera, con el mobiliario que el profesional había adquirido en esos años, el instrumental, la biblioteca, camillas, muestras de remedios, balanzas, escritorio, entre otras cosas, quedaron tal cual las dejó el último día que estuvo allí. Hoy la casona sobre la avenida que lleva su nombre, exactamente a la altura del 527, sigue atesorando 55 años de historias, de la persona que hasta el 6 de mayo de 1991, curó, medicó, aconsejó y trajo al mundo a cientos de saneduardenses.

Batista pasó allí sus horas e innumerables noches en vela. Fue médico clínico, rural, de familia y de policía; cirujano; partero. Siempre dispuesto a sacar del apuro a quien lo necesitara. No tenía feriados ni domingos, atendía las 24 horas e iba hasta donde lo llamaban. Su integridad, abnegación y desinterés por lo económico eran ejemplo.

Tuvo un modo de vida humilde, modesto y activo. Al principio viajaba en sulqui, con viento, lluvia o calor. No sólo ofrecía su asistencia como profesional, sino también una palabra de aliento, que podía actuar muchas veces como el mejor medicamento.

Del norte al centro
Nació el 19 de enero de 1909 en la ciudad de San Miguel de Tucumán. Fue el segundo hijo de doña Mercedes Cisneros y Francisco Wenceslao Batista, quienes ya tenían a su hermana mayor. Vendrá también su hermana menor Malvina. Su madre era la segunda esposa de don Francisco, quien de un matrimonio anterior ya tenía otros hijos.

Su educación fue en un colegio católico de San Miguel de Tucumán, al cual concurrió durante varios años, para posteriormente terminar de cursar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Tucumán. El final de esta etapa no significó su paso inmediato a la universidad, sino que por los problemas económicos de su familia debió trabajar por un año y medio aproximadamente para ahorrar dinero que le permitiría comenzar la carrera de medicina, en Rosario.

Cuando estaba por concluir, su familia en Tucumán le preparó en calle Córdoba 128 un consultorio para él. Pero al terminar sus estudios en 1935, Octavio decidió no regresar a su ciudad natal. El destino, las circunstancias, o vaya a saber qué razón lo llevaron a la localidad de San Eduardo ese mismo año, que no era tan pequeña como la conocemos actualmente. Allí permaneció por el resto de su vida.

Es para señalar que el 3 de febrero de 1940 contrajo matrimonio con Adela Riva, maestra oriunda de Melincué que había llegado a San Eduardo para trabajar en la Escuela Fiscal Nº 695. Y el 6 de diciembre de 1949 nació su única hija, Mercedes Margarita.

Años más tarde, en 1954 puso en marcha del Centro de Salud de San Eduardo y comenzó a incursionar en política. Eso lo llevó a ser presidente comunal en dos oportunidades.

Para tener en cuenta
Su interés no era ni fue nunca económico, sino que pasaba por otro lado. En esta época tan banal y mundana, un ejemplo como el que dio a su comunidad, no debería ser dejado de lado. Es digno de imitar, por su coherencia y dignidad. Y en esto, es curioso cómo dejó marcas en las personas a las cuales atendió, aunque sea de mínimas dolencias, porque en todos ellos quedaron recuerdos y anécdotas que aún hoy tienen para contar.

Sus últimos años transcurrieron con alegrías. Su hija se casó y tuvo tres nietos varones que se criaron en su entorno y también con dificultades. Los últimos acontecimientos de su vida también dejaron su impronta, de la entereza y de su capacidad para evaluar las situaciones médicas, aunque en este caso con la tristeza de haber sido él su propio paciente. Quizá la situación más difícil para un médico.

Así, el 6 de mayo de 1991 Octavio Arturo Batista se fue, pero dejando un bagaje de recuerdos, anécdotas y enseñanzas. Un estilo de vida digno de imitar, no sólo para los colegas médicos, sino para todos aquellos que tienen alguna profesión o trabajo.

Dejó un modelo a seguir. Un modelo de fortaleza, humildad, solidaridad, entereza y coherencia.

* Nota elaborada a partir de información brindada por Mercedes Batista; Federico Bertram y Juan Carlos Bertram.

** Reconocimiento de la Comuna y pueblo de San Eduardo.




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